
Era una sensación maravillosa y desconocida, un sentimiento de ingravidez y de una libertad sin fronteras. Nada de lo que antes lo había oprimido y coaccionado podía afectarlo ahora.…
¿Flotaba al final de alguna parte del Universo? Pero en el Universo había estrellas y Bastián no podía ver nada parecido. Sólo aquella oscuridad aterciopelada en que se sentía mejor de lo que se había sentido en su vida. ¿Estaría muerto? …
Y entonces oyó una voz delicada como la de un pájaro, que le respondía y quizá le había respondido ya varias veces antes sin que se hubiera dado cuenta. Se oía muy cerca y, sin embargo, no hubiera podido decir de dónde venía:
-Aquí estoy, Bastián.
-Hija de la Luna, ¿eres tú?
-¿Quién iba a ser si no? Acabas de darme ese nombre.…
-¿Dónde estamos, Hija de la Luna?
-Yo estoy contigo y tú estás conmigo.…
-Hija de la Luna -susurró-: ¿es esto el final?
-No -respondió ella-, es el principio.…
¿Es que ha desaparecido todo?…
-Fantasía nacerá de nuevo de tus deseos, Bastián, que se harán realidad a través de mí.
-¿De mis deseos? -repitió Bastián asombrado. …
Bastián reflexionó y preguntó luego cautamente:
-¿Cuántos deseos puedo formular?
-Tantos como quieras... cuantos más mejor, Bastián. Tanto más rico y variado será Fantasia.
Bastián estaba sorprendido y emocionado. Pero, precisamente porque de pronto se veía ante una infinidad de posibilidades, no se le ocurría ningún deseo.
-No sé -dijo finalmente.
Durante un rato reinó el silencio y luego oyó la voz delicada como la de un pájaro:
-Mala cosa.
-¿Por qué?
-Porque entonces no habrá Fantasia.
Bastián calló confundido. Su sensación de una libertad sin límites se veía poco a poco disminuida por el hecho de que todo dependiera de él.
-¿Por qué está todo tan oscuro, Hija de la Luna? -preguntó.
-Los comienzos son siempre oscuros, Bastián.
-Quisiera verte otra vez, Hija de la Luna. ¿Sabes? Como en el instante aquel en que me miraste.
Otra vez oyó la risa suave y cantarina.
-¿Por qué te ríes?
-Porque estoy contenta.
-¿Por qué?
-Acabas de formular tu primer deseo.
-¿Y lo cumplirás?
-Sí. ¡Extiende la mano!
Lo hizo y sintió que ella le ponía algo en la palma. Era diminuto pero, extrañamente, pesaba mucho. Daba frío y era duro y muerto al tacto.
-¿Qué es esto, Hija de la Luna?
-Un grano de arena -respondió ella-. Es todo lo que ha quedado de mi reino sin fronteras. Te lo regalo.
... Hija de la Luna, ¡no es un grano de arena! ¡Es una semilla luminosa que empieza a crecer!"
La Historia Interminable. Michael Ende.





